martes, 27 de noviembre de 2007

os galegos

UN LIBRO, UN HOMENAJE


me encanto leer un libro en gallego, y me encanto haber conocido a Mónica y a Lois,













viernes, 16 de noviembre de 2007

espantapájaros

Que los ruidos te perforen los dientes, como una lima de dentista,
y la memoria se te llene de herrumbre, de olores descompuestos
y de palabras rotas.
Que te crezca, en cada uno de los poros, una pata de araña;
que sólo puedas alimentarte de barajas usadas
y que el sueño te reduzca,
como una aplanadora, al espesor de tu retrato.
Que al salir a la calle, hasta los faroles te corran a patadas;
que un fanatismo irresistible te obligue a postrarte
ante los tachos de basura
y que todos los habitantes de la ciudad
te confundan con un meadero.
Que cuando quieras decir "mi amor" digas "pescado frito";
que tus manos intenten estrangularte a cada rato,
y que en vez de tirar el cigarrillo,
seas tú el que se arroje en las salivaderas.
Que tu mujer te engañe hasta con los buzones;
que al acostarse junto a ti,
se metamorfosee en sanguijuela, y que despues de parir un cuervo,
alumbre una llave inglesa.
Que tu familia se divierta en deformarte el esqueleto,
para que los espejos, al mirarte, se suiciden de repugnancia;
que tu único entretenimiento consista en instalarte
en la sala de espera de los dentistas, disfrazado de cocodrilo,
y que te enamores, tan locamente, de una caja de hierro,
que no puedas dejar, ni por un solo instante,
de lamerle la cerradura.

Oliverio Girondo

de "Espantapájaros y otras obras"

miércoles, 14 de noviembre de 2007

la balada del boludo

Por mirar el otoño perdía el tren del verano.
Usaba el corazón en la corbata.
Se subía a una nube, cuando todos bajaban.
Su madre le decía:
No mires las estrellas para abajo,
no mires la lluvia desde arriba.
No camines las calles con la cara,
no ensucies la camisa;
no lleves tu corazón bajo la lluvia, que se moja.
No des la espalda al llanto,
no vayas vestido de ventana,
no compres ningún tílburi en desuso.
Mirá tu primo el recto
que duerme por las noches.
Mirá tu primo el justo
que almuerza y se sonríe.
Mirá tu primo el probo
puso un banco en el cielo.
Tu cuñado el astuto
que ahora alquila la lluvia.
Tu otro primo el sagaz
que es gerente en la luna.
—Tienes razón, mamá —
dijo el boludo y se bebió una rosa.
—No seré más boludo—
y se bajó del viento.
—Seré astuto y zahorí—
y dio vuelta una estrella para abajo
y se metió en el subte
y quedaron las gaviotas.
Entonces vinieron los parientes ricos y le dijeron:
—Eres pobre, pero ningún boludo.
Y el boludo fue ningún boludo
y quemaba en las plazas las hojas
que molestan en otoño.
Y llegó fin de mes.
Cobró su primer sueldo
y se compró cinco minutos de boludo.
Entonces vinieron las fuerzas vivas y le dijeron:
—Has vuelto a ser boludo, boludo.
—Seguirás siendo el mismo boludo de siempre.
—Debes dejar de ser boludo, boludo.
Y medio boludo, con esos cinco minutos de boludo,
dudaba entre ser ningún boludo
o seguir siendo boludo para siempre.
Dudaba como un boludo.
Y subió las escaleras para abajo,
hizo un hoyo en la tierra miraba las estrellas.
La gente le pisaba la cabeza, le gritaba boludo.
Y él seguía mirando
a través de los zapatos como un boludo.
Entonces vino un alegre y le dijo:
—Boludo alegre.
Vino un pobre y le dijo:
—Pobre boludo.
Vino un triste y le dijo:
—Triste boludo.
Vino un pastor protestante y le dijo:
—Reverendo boludo.
Vino un cura católico y le dijo:
—Sacrosanto boludo.
Vino un rabino judío y le dijo:
—Judío boludo.
Vino su madre y le dijo:
—Hijo, no seas boludo.
Vino una mujer de ojos azules y le dijo:
—Te quiero.

Isidoro Blaisten